Esto es verídico

Pues yo estuve allí. Y casi logré sentirme como una más. Claro que entender el idioma me ayudó. Hacía un frío de cojones pero fue genial. Había banderas de todos los colores, aunque mi preferida era la de la diversidad (aquella conocida comúnmente como bandera gay). La sostenía un chico negro subido a una farola, por encima de la multitud, que gritaba agolpada ante la ancha puerta de hierro, bloqueando la quinta avenida. La policía reía, y me pareció ver miradas de orgullo en alguno de los oficiales. En un momento tuvimos que correr. Alguien me dijo que estaban empezando a arrestar gente. Pero fue solo un segundo, y el tío de la bandera no se movió. “Cuando él salte”, pensé, “echaré a correr hacia el hotel”. Me preocupaba un poco haberme dejado el pasaporte en la habitación.

El muy imbécil había ganado. La verdad es que a mí ni me va ni me viene, al menos en lo que a su política interior respecta. La exterior sí que debería preocuparme, supongo. Aunque en el fondo me parece interesante vivir en el momento en el que este espécimen ocupa el cargo más poderoso del mundo. “Será interesante”. Más nos vale.

Conocí a dos chicos. Un negro y un vikingo. Vivían allí, “a unas pocas paradas de metro”. Pero algo en su ropa me hizo pensar que era bastante más que “unas pocas”. Shaun y Malcolm, creo. Eran buena gente. Shaun estaba allí cuando me uní a la gente que corría, y más tarde, de vuelta a la manifestación, me dijo algo como: “Esta chica corre cuando ve correr al tío negro. Creo que seremos buenos amigos”. Estuvimos hablando de la policía y de Central Park. El negro casi se pega con un imbécil que apareció en la manifestación con una gorra roja y una camiseta de “I voted for Trump”. “Pedazo de mierda negra, será mejor que te calles la boca”. Shaun hizo amago de soltarle un puñetazo, pero en vez de eso se dio media vuelta mirándolo por encima del hombro.

“La manifestación se disolverá sobre las 12, nunca dejan que dure mucho más”. Así que a las doce menos diez nos apartamos a un lado y me invitaron a hierba. Les apasionó saber que me llamaba María, y se asombraron de mi manera de esconder el porro a un policía gordo que pasó por nuestro lado.

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Barcelona

Eres bonita. Y poderosa. Aunque eso ya lo sabemos todos gracias a Peret. ¿Bonita? No. Eres preciosa. Pero eso también lo sabemos todos.

Hoy he salido de una clase de tres horas de completo aburrimiento y llovía. Eran esas gotas tan finas, como hilos de araña, pero constantes y pesadas. Joder. Y tan pesadas. Yo no tenía paraguas (qué raro), y he caminado con la cabeza gacha hacia el coche, notando en el cuello cada minúsculo y suave diamante que se me colaba a través de la cazadora. Mirando al suelo se descubren cosas curiosas. Por ejemplo, he descubierto pequeños charcos entre las baldosas, y el sonido de los tacones de mis botas desgastadas, que alguien apodó hace poco “sombrero seleccionador”. He descubierto también un renglón de hojas secas, pegadas al suelo mojado, deshaciéndose entre la lluvia. Más allá, unos zapatos de tacón alto (pobre mujer), caminando al lado de un par de mocasines, seguidos por una nube de perfume agrio que he atravesado sonriendo. Luego, poco antes de llegar al vehículo, algo que situaría en la delgada línea entre el cartón mojado y un vómito a las tres de la mañana.

Si levantaba la cabeza, luces. Todo luces que transformaban la lluvia (ahora más acuciante) en miles y miles de cristales brillantes. Luces azules, amarillas y blancas. La policía, las farolas, el tranvía. Luces rojas, verdes y naranjas. Un semáforo. Vallas publicitarias, rayas blancas en la carretera, y el hombrecito verde que me permite cruzar.

Y los sonidos. Música, motores, el timbre de las bicis, y, por encima de todo, la lluvia.

Eres bonita. Pero eso ya lo sabemos todos.

Él

Duerme en la habitación de al lado. Cada día crece más y más, y temo el día en que me saque una cabeza. Que llegará. Lleva gafas, y sigue hablando demasiado. Qué te voy a decir a ti. Le han salido algunas pecas más. Adoro que ese sea nuestra carta de presentación, y adoro sentirla tan nuestra, tan única. Como me pasó a mí, se le ha oscurecido el pelo, y ha perdido parte del tono pelirrojo.

Como te decía, sigue hablando demasiado. Y, ¿sabes? Se parece a ti. Y eso, des de luego, no hace las cosas más fáciles. Te echa mucho de menos, pero es solo un niño, y tiene la cabeza llena de colores y nuevas experiencias. Ha empezado el instituto. La mochila es más grande que él y está emocionado con su nueva taquilla. Sorprendentemente está haciendo amigos. No sabes cuánto me alegro.

Se parece tanto a ti. Excepto por lo de la nariz torcida. Pero, démosle tiempo. Sí. De hecho, me da la sensación que será peleón. Me encargaré personalmente de ello.

Y crecerá, y conocerá personas encantadoras, y muchas otras que serán crueles. Sí, crecerás. Pero me alegro de contar que lo vas a hacer a mi lado. Y, te voy a decir un secreto. Estoy perfectamente  orgullosa de reconocer cada día retales míos en ti. Pequeñas cosas que sin duda se vuelven más grandes con el tiempo.

Hoy

Me he levantado a la una del mediodía. Me ha parecido curioso que a pesar del apagón doble que se ha producido esta noche siguiera funcionando. Me he girado sintiéndome la más grande de las contorsionistas para asegurar que seguía siendo por la mañana, y en mi mesilla he podido observar el (puto) despertador, cuyos números me era imposible adivinar. He alargado el brazo con la intención de acercar la pantalla luminosa a mí, pero acto seguido ha desaparecido seguido de un estruendo. Obligada a estirar aún más mis agarrotados músculos he podido entrever el despertador al lado de la cama. Las 13:08. Genial. Medio día perdido que podría haber invertido en despegar el olor a maría de los asientos de mi coche.

Inútil

Exacto. Inútil. Absurdo. Inservible. Vano. Inútil.

Inútil como el despertador de las seis y media. Como los pantalones sin bolsillo. Como los tres segundos que dura esa bombilla. Como un ventilador a velocidad uno. Como la sombra en agosto. Como las sonrisas a una viuda. Como las lágrimas de hace un año cuando me despedía. Como las motas de polvo.

Inútil como mis 19 años. Como mis risas y mis consejos. Como las votaciones en España. Como los abrazos, las canciones y los libros. Como el arte. Sí, inútil como el arte.

Inútil como los “te quiero”, y los “cumpleaños feliz”. Inútil como el intentar explicarse y dar excusas, y esperar a que otro comprenda que lo nuestro es en realidad contar historias. Inútil como el otoño y las hojas marrones y las básculas y las bocas que no besan o que no dicen nada.

Inútil como las botellas, las sillas, los cajeros automáticos, la televisión de las cuatro de la mañana, las moscas, las tijeras, las infinitas caminatas, las palomas en Barcelona, las fotografías, los domingos.

Y en tanto que divagamos y esperamos, perdemos la piel y tiramos indecentemente las carcajadas sin más criterio que la hora y las personas. En tanto que descubrimos o fingimos descubrir, y programamos despertadores y direcciones. En tanto que decimos que no importa, que ya llegara el momento, que ya aparecerá el día y el alguien y el cómo y el donde. En tanto que todo esto sucede. Se pasan los segundos y los años, y olvidamos respirar y todo se vuelve así, vano, absurdo. Inútil.

 

Luces (de bohemia)

Nada menos y poco más. Poco más que piel, y luces que flotan perdidas. Poco más que un barco y 28 zapatos del pie izquierdo. Poco más que líneas en los mapas de colores en tonos pastel. Poco más que dos ojos moribundos y sus respectivas lágrimas resonantes. Poco más que el redoble de tambor y dos acuerdos de guitarra, y las risas de los niños que una vez dijimos ser.

Poco más que los sábados a las tres de la mañana y las ventanas cerradas y las puertas con los pestillos rotos. Poco más que los cuadros bendecidos por el Papa y los estragos de la mudanza.

Nada menos que las bombillas de los Chinos y la pilas de botón. Nada menos que la música demasiado alta y las hojas secas de un platanero. Nada menos que la televisión de madrugada, las fotografías antiguas y las cajas de costura. Eso, nada menos que una lámpara de despacho. Nada menos que teléfonos descolgados, veranos en la playa, bolígrafos sin tinta, maletas perdidas en los aeropuertos de los vuelos de escala. Nada menos que una última mirada.

Nada menos que nuestros pies y nuestras manos, y nuestras entrañas, que fingen sentir lo que la cabeza trata de entender. Nada menos que promesas pendientes, que problemas sin solución, que sábanas frías y alcobas vacías (como dice Sabina). Nada menos que suspiros de resignación y desgana, que apneas en los momentos agudos y las conversaciones amargas. Nada menos que caricias, cigarros a medio fumar y vasos vacíos.

Somos eso. Nada menos que piel, y luces que flotan perdidas.

María.

Mientras es inútil

Exacto. Inútil. Absurdo. Inservible. Vano. Inútil.

Inútil como el despertador de las seis y media. Como los pantalones sin bolsillo. Como los tres segundos que dura esa bombilla. Como un ventilador a velocidad uno. Como la sombra en agosto. Como las sonrisas a una viuda. Como las lágrimas de hace un año cuando me despedía. Como las motas de polvo.

Inútil como mis casi 19 años. Como mis risas y mis consejos. Como las votaciones en España. Como los abrazos, las canciones y los libros. Como el arte. Sí, inútil como el arte.

Inútil como los “te quiero”, y los “cumpleaños feliz”. Inútil como el intentar explicarse y dar excusas, y esperar a que otro comprenda que lo nuestro es en realidad contar historias. Inútil como el otoño y las hojas marrones y las básculas y las bocas que no besan o que no dicen nada.

Inútil como las botellas, las sillas, los cajeros automáticos, la televisión de las cuatro de la mañana, las moscas, las tijeras, las infinitas caminatas, las palomas en Barcelona, las fotografías, los domingos.

Y en tanto que divagamos y esperamos, perdemos la piel y tiramos indecentemente las carcajadas sin más criterio que la hora y las personas. En tanto que descubrimos o fingimos descubrir, y programamos despertadores y direcciones. En tanto que decimos que no importa, que ya llegara el momento, que ya aparecerá el día y el alguien y el cómo y el donde. En tanto que todo esto sucede. Se pasan los segundos y los años, y olvidamos respirar y todo se vuelve así, vano, absurdo. Inútil.

María.